sábado, 19 de enero de 2008

El último viaje (cap. 2)

El último viaje





Capítulo 2.-









Elegí la izquierda, abrió su mano y, ahí estaba, la llave de la 4x4.


-¿Me vas a dar el auto?- fingí alegrado.

-Hey, sólo cumpliste 15 bribón; esto, mi querido amigo, significa que nos vamos, que me echaron del trabajo por mi "repentino" cambio de disposición, y que la indemnización nos costeará la primera parte de nuestro viaje a la Isla de la Niebla, en el Océano Pacífico.
-¿Isla de la Niebla?- pregunté extrañado, ya que estaba acostumbrado a pedazos de tierra insertos en un continente.
-Si- respondió.
-¿Por qué?- pregunté, casi serio.
-Sólo es un lugar que quiero conocer- dijo, ahora que lo pienso, de forma muy poco convincente.
Preparar el equipaje nunca fue algo muy complicado en mi familia, tomas un par, quizás tres poleras, un pantalón, un short, sin contar lo puesto; y el resto del espacio en la "bestia infalible (así llamaba mi papá al vehículo)" era ocupado por los cientos, talvez miles de libros que se sumaban de todos nuestros viajes, y que no nos abandonarían.

Pasamos, de camino a la carretera, a un hogar benéfico de menores a dejar nuestra ropa sobrante, acumulada por casi dos años, y un par de sillas plásticas; lo que mi papá no supo en ese momento fue que también dejé mis libros escolares. Luego nos aparecimos en una comisaría de las de allá, dejamos la llave y firmamos la entrega del departamento.

El viaje por tierra fue largo, pero siempre creí, desde pequeñito, que el fin da un sabor distinto a las formas de alcanzarlo, así que me pasé los tres días tranquilo, releyendo un poco de filosofía griega-china moderna, del tipo de:"no somos más que un diminuto ácaro en una alfombra enorme", "compite en lo que te compete y no completes con tes lo que no tienes en erres" y "a veces los sueños y la realidad se unen como magia…". Llevábamos casi dos días completos sin parar, con el cuerpo tan dormido, casi parapléjicos, así que paramos en una humilde cafetería-hostal. Mientras comíamos unos sándwiches de jamón con queso llamados "aliados" -que según aseguraban las mismas palabras del dueño "yo mi’mito los invinté"- entró al pequeño establecimiento un hombre de apariencia más vieja que mi padre, con un gracioso y crecido bigote asimétrico y una barba de tres días; se le veía bien vestido, de corbata y una camisa XM que se le apretaba contra los pectorales, deltoides, bíceps, abdominales, y un montón de músculos desconocidos, no muy grandes, pero marcados. El tipo lucía sediento y cansado, no traía dinero y mi papá lo invitó a unas cervezas on the rocks. Dos tazas y sabíamos que se llamaba Saitam Ogima algo, que estaba triste y que su auto se había descompuesto a como a treinta y dos kilómetros del lugar. A la cuarta taza nos confesó que venía de muy lejos a cumplir un sueño y que buscaba una calavera, una carabela o a una cara bella, la verdad es que ya casi ni pronunciaba. Después de otras tazas, y de descubrir que podía roncar en cualquiera de las posiciones en que se duerme en una silla, lo dejamos cubierto de un mantel sucio y nos fuimos a la habitación que nos repondría del viaje, para retomarlo a la mañana siguiente.
Recuerdo que antes de dormirme rendido boca abajo en el catre, le comenté a Edmond lo cómico que me había parecido el tipo del bigote deforme, -si- contestó a eso mi papá. Ahora puedo transcribir lo que realmente pensaba él, y que escribió rodeando una mancha de aceite en una servilleta de toalla nova:
"creo que 17 de agosto: Ese Saitam me da mala espina, algo en sus ojos me asustó cuando lo vi entrar al restaurant, siente odio por alguien, y aunque no lo conozco, me da la impresión de que es a mi. Esos aliados estaban riquísimos. RECORDATORIO: llevar unos cuantos para el resto del viaje"

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